jueves, 21 de septiembre de 2017

El Oso y el Nahual

El cálido aire del verano madrileño me sopla en la cara mientras contemplo desde el balcón de mi apartamento la ajetreada calle de Alcalá; los hombres bien vestidos que vienen y van, los nuevos coches y tranvías, y los hornos de los tostadores de café. Bebo una copa de amontillado y me remonto treinta años atrás, a 1897, cuando aún trataba de hacer mi vida en México, a una experiencia que me hace contrastar la vida que llevo ahora en España.
Era un día caluroso en Chihuahua, me encontraba cabalgando junto con dos caballeros a los que al de día de hoy aun considero como mis hermanos; el cazador de recompensas Joaquín Martínez, un hombre alto, de piel morena quemada por el sol y rasgos castizos, duros como la tierra en la que nos movíamos. El otro, era un escuálido joven austriaco de nombre Eldwin, joven que había llegado de pequeño a México con su padre, soldado de la legión austriaca del emperador Maximiliano. Todos lo  conocíamos como la gamba, apodo que le puse por el color que tomaba su piel tan pronto salía al sol.
Subíamos por el camino real con rumbo a la hacienda de encinillas, donde había reportes de un peligroso oso negro que asolaba la hacienda y el poblado cercano del Sauz. Según los reportes ya habían perecido más de quince personas, lo que había llevado a que la corona mexicana ofreciera una recompensa de quinientos pesos a quien presentara la piel del oso.
Cabalgamos durante horas por aquel árido camino, observando el yermo valle que nos rodeaba, sus marrones extensiones cubiertas por pasto amarillento y uno que otro mezquite. En el trayecto nos topamos con varios vaqueros y con un par de carruajes que venían del paso del norte y se dirigían a la ciudad de Chihuahua, para asistir al baile que el gobernador Don Luis Terrazas ofrecería al emperador Maximiliano en dos semanas, con razón de la inauguración del ferrocarril.
–Hermosa mujer, espero verla de regreso en Chihuahua –me comentó la gamba tan pronto nos despedimos de un negro carruaje, desde el cual le había sonreído una joven con la piel de porcelana y hermosos ojos verdes. Eldwin siguió insistiéndome sobre como enamoraría a aquella bella dama, cuando de pronto fue callado por Joaquín, que le sancionó molesto y con pocas palabras como era su tradición:
–¡Ya cállate Gamba! Hay apaches por estos rumbos.
–Cuales apaches –exclamó Eldwin de forma engreída–. Si el coronel Terrazas y los dragones reales ya los forzaron a huir al otro lado.
–¡Que te calles!

Seguimos avanzando por aquel camino y comenzamos a enfilarnos rumbo a las montañas que formaban la sierra de Majalca, y pronto el yermo valle dio paso a un amplio camino entre montañas espolvoreadas por encinos y mezquites. Al final del camino se encontraba la hacienda, siendo visible desde la distancia el blanco campanario de su iglesia.
Al llegar a la entrada de la hacienda fuimos recibidos por dos vaqueros; un sujeto alto de rasgos castizos con piel quemada por el sol y uno de rasgos indígenas que se identificó  como Joselito, apache de la tribu Chiricahua. El vaquero de rasgos castizos se presentó, se llamaba Francisco Gonzales y era el capataz de la hacienda.
–¿A que vienen? –nos preguntó el capataz
–Venimos por el contrato del oso –respondió Joaquín lacónicamente, mientras sacaba el contrato de una de sus bolsas y le entregaba el papel arrugado al capataz. Aquel hombre leyó el documento brevemente, lo guardó en su bolso y después comentó:
–Ese jodido oso tiene la hacienda de cabeza, los trabajadores tienen miedo de salir al campo a recoger la uva del patrón. Si lo mata antes de la vendimia obtendrá su recompensa y algo aún más valioso: ¡El favor del patrón!
–¡Considérelo hecho! ¿Dónde han visto al oso?
–¡Por todo el valle! ¡Incluso cerca del sauz! –contestó el capataz–. Pero la mayoría de los ataques han sucedido aquí en la hacienda, le recomiendo que busque en la sierra.
­–Partimos mañana temprano…
–Puede alojarse en los barracones de los trabajadores, orita se encuentra vacío. Yo me encargo de que las criadas les lleven comida.

Tras aquella conversación cabalgamos hacia el establo bajo la sombra de los imponentes álamos y encinos, cuya negrura se encogía minuto a minuto conforme la noche se hacía presente. Al llegar, amarramos a nuestros caballos, los desensillamos y caminamos entre los frondosos campos de la hacienda hasta el barracón de los trabajadores; una alargada casa de adobe mal pintada de blanco.

Abrí la desgastada puerta de aquella casa, que rechinó horripilantemente  mientras empujaba el pesado pedazo de madera.  Los barracones eran pequeños, de unos treinta metros cuadrados, había cerca de diez literas con colchones de paja, dos mesas de madera y una decena de sillas del mismo material. Joaquín entró después de mí y se dirigió a una de las mesas, donde encendió un quinqué y se sentó a fumar un cigarrillo.

Pasó una hora en aquel descuidado edificio, yo miraba por la ventana, concentrado en la densa oscuridad del exterior mientras escuchaba el resonar de los grillos y el burlón aullido de los coyotes, cuando de pronto vi una sombra acercarse a nosotros, lo hizo rápido, demasiado rápido, y pronto la puerta comenzó a sonar. Cogí mi revolver .32 de la mesa y fui a abrir la puerta, lo hice lentamente y asome mi cabeza por la rendija del umbral. Para mi sorpresa, frente a mí se encontraba el apache Joselito, que me dijo tímidamente:
–Puedo pasar…. –Voltee a ver a Joaquín, que se encontraba fumando recostado en una de las camas, y me indicó con una seña que lo dejara pasar. El indio entró a los barracones de manera temerosa y siguió hablando–: Vengo a advertirles, el oso que vienen a casar: ¡No es oso! ¡Es brujo!
Aquellas palabras hicieron que Joaquín se levantara de su asiento e increpará al apache:
–¿Cuál brujo? ¿De qué demonios está hablando?
–¡El oso no es animal! ¡Es brujo!­ ­­–respondió Joselito–, es nahual de mi tribu y busca vengarse de Francisco. Si mañana sale a cazar oso, Nahual lo caza a usted. –Con esas palabras el indio se retiró del barracón y desapareció en las sombras tan súbitamente como llegó.

El alba llegó fresca y nos despertó con un aire gélido que entró por una hendidura de la pared. Me levante adormilado y como pude encendí el quinqué de la habitación pues el sol aun no salía. El siguiente en levantarse fue Joaquín, que bostezó fuertemente y me dijo con una voz semidormida:
–Lucio, lo que dijo el apache ayer me dejo pensando.
–¿No te creerás esas chorradas? –le respondí incrédulo, pues había encontrado el testimonio de aquel indio bastante incoherente.
–No lo desestimaría como tonterías Lucio, puedo decirte con solo verlo que el capataz es un hijo de puta, y los indios son reservados en cuestiones de brujería. Si el apache vino advertirnos, es porque algo hay.
–Pues no me convences Joaquín… Pero suponiendo, solo suponiendo ¿Cómo cazamos un brujo?
–El brujo debe de estar consciente que su cabeza ya tiene precio, mientras estemos aquí será paciente y se esconderá, asechándonos en cada momento. Tenemos que darle lo que quiere, solo si ve una oportunidad clara se atreverá a atacar.

Las palabras de Joaquín me confundieron, eran inverosímiles, pero conocía al duro vaquero desde que ambos éramos unos chavales, peleando hombro con hombro en el ejército del emperador Maximiliano contra el invasor yankee, y había aprendido a confiar en él.  Desperté a la gamba, los tres nos ataviamos para la cacería y salimos de los barracones, ahí fuimos recibidos por dos jóvenes criadas que nos ofrecieron un ligero desayuno de gorditas de harina y café negro.
Estábamos ensillando los caballos, cuando Joaquín se aproximó a nosotros, había ido a hablar con el capataz de la hacienda y venía listo para partir. Sin embargo, se detuvo frente a Eldwin y le dijo:
–¡Gamba! Necesito que tomes tu rifle y te quedes en el campanario de la iglesia.
–¿Qué? –le reprochó Eldwin molesto– ¡Yo voy a ir a cazar con ustedes! No acepté venir para que me relegues de guardia.
–¡No seas idiota Gamba! Tú trépate al campanario y dispárale a lo que veas sospechoso.  –Eldwin tomó su carabina Mannlicher de mala manera  y se dirigió al campanario refunfuñando.

Nosotros partimos unos minutos después, cabalgamos rápido por la verde hacienda y tan pronto la abandonamos, nos adentramos en las escarpadas montañas de la sierra. Pasamos horas explorando entre montañas, buscando algún rastro del oso o del brujo, pero lo único que encontrábamos eran liebres que saltaban ante nuestro trote, y un intenso malestar provocado por el ardiente sol.
Hastiados por la fútil cacería decidimos regresar a la hacienda, pues el sol comenzaba a descender y era peligroso andar por aquellas laderas y cañadas en la noche.  Nos acercábamos a la hacienda, con el rojo atardecer a nuestras espaldas, cuando escuchamos un fuerte tronido. Reconocimos el poderoso y seco rugido del Mannlicher de Eldwin, y sin perder el tiempo aceleramos el trote lo más que permitió el duro terreno.
Al llegar a la hacienda vimos como las criadas, el capataz, Joselito, Eldwin y un par de trabajadores se encontraban en círculo, apenas iluminados por la luz de una fogata.  Al acercarnos fuimos recibidos por la Gamba, que nos dijo emocionado:
–¡Lo mate! ¡Mate al desgraciado! –Al escuchar esas palabras aceleré el paso y al entrar al círculo  vi un enorme oso negro, su tamaño me hizo creer que pesaba alrededor de unos trescientos kilos.
–¡El güero tiene buena puntería! –nos dijo el capataz muy contento, con el rostro iluminado, como si un gran peso le hubiera sido removido de encima–. Hicieron un excelente trabajo, aquí tienen el contrato sellado.

Joaquín cogió el arrugado trozo de papel, en el que venía el sello de la familia  Pérez de Ribera, dueños de aquella hacienda, y que en aquellos dias se encontraban en chihuahua, ansiosos de recibir al emperador.  Tan pronto nos entregó el papel, el tumulto se dispersó, dejándonos solos con el capataz y Joselito el apache, que miraba a su compañero de una manera muy extraña, como si saboreara el momento.
–Pueden quedarse…. –exclamó Francisco, que no terminó su frase pues el apache desenfundó su revólver y le pego un tiro en la cabeza. El cuerpo del capataz se desplomó en un instante y bañó el oscuro suelo con su sangre, que brillaba fieramente ante la luz de la fogata. Joselito miró con gusto el cuerpo de aquel hombre y habló con odio:
–¡Eso es por mi hermana! –El apache escupió sobre el cuerpo de Francisco, monto en su caballo y se perdió en las sombras de la noche, antes de que yo y Joaquín pudiéramos reaccionar. Eldwin alcanzó a realizar un disparo, y exclamó tras jalar el gatillo:
–¡Le di! –Tratamos de seguirle el rastro a aquel indio, pero la oscuridad impidió que nos adentráramos en la montaña. Peinamos las inmediaciones de la hacienda y no encontramos ningún cadáver, tan solo un rastro de sangre que se perdió en la noche.

Al día siguiente emprendimos una búsqueda de los alrededores con ayuda del comisario del Sauz, que había acudido a la hacienda tan pronto se había enterado de la noticia.  No obstante la búsqueda fue infructuosa, el rastro había desaparecido y no había ningún cuerpo a varios kilómetros a la redonda de la escena del crimen. Cansados por la búsqueda emprendimos el camino de vuelta a Chihuahua
Pasaron varias horas, el sol se estaba poniendo en el horizonte y nosotros seguíamos avanzando por las amplitudes del camino real, cuando de pronto escuchamos un ruido entre los mezquites. Volteamos inmediatamente y nos topamos con un curioso coyote, que nos veía indiscretamente de entre los matorrales, su pelaje era inusualmente blanco y sus ojos eran de diferentes colores, uno rojo y el otro marrón.
Eldwin trato de desenfundar su rifle pero antes de que lo hiciera, aquel extraño coyote nos sonrió, aulló burlonamente  riéndose de nosotros y con esa picardía se desvaneció entre el mezquital tan pronto como apareció. 
Recuerdo que varios días después nos reunimos con Benito Pérez de Rivera, el dueño de la hacienda. Aquel adinerado hombre nos dijo que su capataz Francisco y varios trabajadores de su hacienda habían sido cazadores de apaches años atrás, renombrados por su crueldad y por el rastro de cadáveres que habían dejado a su paso. De Joselito no nos dijo mucho, solo que había llegado a la hacienda a pedir trabajo un par de semanas antes de que comenzaran los ataques del oso.

Aquella información me había confundido aún más  «¿Acaso Joselito era un chamán? O ¿Solo un indio con sed de venganza?» «¿Nos había manipulado? ¿Acechado? O ¿Solo había aprovechado su momento?» Hoy se la respuesta, pero en esos días me lo pregunté hasta el cansancio.  Con gusto les contaría más de Joselito, o de otras aventuras que tuve con Joaquín y la Gamba, pero el día avanza y los enfermos del hospital general de Atocha no se atienden solos, así que será en otra ocasión.