El
cálido aire del verano madrileño me sopla en la cara mientras contemplo desde
el balcón de mi apartamento la ajetreada calle de Alcalá; los hombres bien
vestidos que vienen y van, los nuevos coches y tranvías, y los hornos de los tostadores
de café. Bebo una copa de amontillado y me remonto treinta años atrás, a 1897,
cuando aún trataba de hacer mi vida en México, a una experiencia que me hace
contrastar la vida que llevo ahora en España.
Era un
día caluroso en Chihuahua, me encontraba cabalgando junto con dos caballeros a
los que al de día de hoy aun considero como mis hermanos; el cazador de
recompensas Joaquín Martínez, un hombre alto, de piel morena quemada por el sol
y rasgos castizos, duros como la tierra en la que nos movíamos. El otro, era un
escuálido joven austriaco de nombre Eldwin, joven que había llegado de pequeño
a México con su padre, soldado de la legión austriaca del emperador
Maximiliano. Todos lo conocíamos como la
gamba, apodo que le puse por el color que tomaba su piel tan pronto salía al sol.
Subíamos
por el camino real con rumbo a la hacienda de encinillas, donde había reportes
de un peligroso oso negro que asolaba la hacienda y el poblado cercano del Sauz.
Según los reportes ya habían perecido más de quince personas, lo que había
llevado a que la corona mexicana ofreciera una recompensa de quinientos pesos a
quien presentara la piel del oso.
Cabalgamos
durante horas por aquel árido camino, observando el yermo valle que nos
rodeaba, sus marrones extensiones cubiertas por pasto amarillento y uno que
otro mezquite. En el trayecto nos topamos con varios vaqueros y con un par de
carruajes que venían del paso del norte y se dirigían a la ciudad de Chihuahua,
para asistir al baile que el gobernador Don Luis Terrazas ofrecería al
emperador Maximiliano en dos semanas, con razón de la inauguración del
ferrocarril.
–Hermosa mujer, espero verla
de regreso en Chihuahua –me comentó la gamba tan pronto nos despedimos de un
negro carruaje, desde el cual le había sonreído una joven con la piel de porcelana
y hermosos ojos verdes. Eldwin siguió insistiéndome sobre como enamoraría a
aquella bella dama, cuando de pronto fue callado por Joaquín, que le sancionó
molesto y con pocas palabras como era su tradición:
–¡Ya
cállate Gamba! Hay apaches por estos rumbos.
–Cuales
apaches –exclamó Eldwin de forma engreída–. Si el coronel Terrazas y los
dragones reales ya los forzaron a huir al otro lado.
–¡Que
te calles!
Seguimos
avanzando por aquel camino y comenzamos a enfilarnos rumbo a las montañas que
formaban la sierra de Majalca, y pronto el yermo valle dio paso a un amplio
camino entre montañas espolvoreadas por encinos y mezquites. Al final del
camino se encontraba la hacienda, siendo visible desde la distancia el blanco
campanario de su iglesia.
Al
llegar a la entrada de la hacienda fuimos recibidos por dos vaqueros; un sujeto
alto de rasgos castizos con piel quemada por el sol y uno de rasgos indígenas
que se identificó como Joselito, apache
de la tribu Chiricahua. El vaquero de rasgos castizos se presentó, se llamaba
Francisco Gonzales y era el capataz de la hacienda.
–¿A
que vienen? –nos preguntó el capataz
–Venimos
por el contrato del oso –respondió Joaquín lacónicamente, mientras sacaba el
contrato de una de sus bolsas y le entregaba el papel arrugado al capataz.
Aquel hombre leyó el documento brevemente, lo guardó en su bolso y después
comentó:
–Ese
jodido oso tiene la hacienda de cabeza, los trabajadores tienen miedo de salir
al campo a recoger la uva del patrón. Si lo mata antes de la vendimia obtendrá
su recompensa y algo aún más valioso: ¡El favor del patrón!
–¡Considérelo
hecho! ¿Dónde han visto al oso?
–¡Por
todo el valle! ¡Incluso cerca del sauz! –contestó el capataz–. Pero la mayoría
de los ataques han sucedido aquí en la hacienda, le recomiendo que busque en la
sierra.
–Partimos
mañana temprano…
–Puede
alojarse en los barracones de los trabajadores, orita se encuentra vacío. Yo me encargo de que las criadas les
lleven comida.
Tras
aquella conversación cabalgamos hacia el establo bajo la sombra de los
imponentes álamos y encinos, cuya negrura se encogía minuto a minuto conforme
la noche se hacía presente. Al llegar, amarramos a nuestros caballos, los
desensillamos y caminamos entre los frondosos campos de la hacienda hasta el
barracón de los trabajadores; una alargada casa de adobe mal pintada de blanco.
Abrí
la desgastada puerta de aquella casa, que rechinó horripilantemente mientras empujaba el pesado pedazo de
madera. Los barracones eran pequeños, de
unos treinta metros cuadrados, había cerca de diez literas con colchones de
paja, dos mesas de madera y una decena de sillas del mismo material. Joaquín
entró después de mí y se dirigió a una de las mesas, donde encendió un quinqué
y se sentó a fumar un cigarrillo.
Pasó
una hora en aquel descuidado edificio, yo miraba por la ventana, concentrado en
la densa oscuridad del exterior mientras escuchaba el resonar de los grillos y
el burlón aullido de los coyotes, cuando de pronto vi una sombra acercarse a
nosotros, lo hizo rápido, demasiado rápido, y pronto la puerta comenzó a sonar.
Cogí mi revolver .32 de la mesa y fui a abrir la puerta, lo hice lentamente y
asome mi cabeza por la rendija del umbral. Para mi sorpresa, frente a mí se
encontraba el apache Joselito, que me dijo tímidamente:
–Puedo
pasar…. –Voltee a ver a Joaquín, que se encontraba fumando recostado en una de
las camas, y me indicó con una seña que lo dejara pasar. El indio entró a los
barracones de manera temerosa y siguió hablando–: Vengo a advertirles, el oso
que vienen a casar: ¡No es oso! ¡Es brujo!
Aquellas
palabras hicieron que Joaquín se levantara de su asiento e increpará al apache:
–¿Cuál
brujo? ¿De qué demonios está hablando?
–¡El
oso no es animal! ¡Es brujo! –respondió Joselito–, es nahual de mi tribu y
busca vengarse de Francisco. Si mañana sale a cazar oso, Nahual lo caza a
usted. –Con esas palabras el indio se retiró del barracón y desapareció en las
sombras tan súbitamente como llegó.
El
alba llegó fresca y nos despertó con un aire gélido que entró por una hendidura
de la pared. Me levante adormilado y como pude encendí el quinqué de la
habitación pues el sol aun no salía. El siguiente en levantarse fue Joaquín,
que bostezó fuertemente y me dijo con una voz semidormida:
–Lucio,
lo que dijo el apache ayer me dejo pensando.
–¿No
te creerás esas chorradas? –le respondí incrédulo, pues había encontrado el
testimonio de aquel indio bastante incoherente.
–No lo
desestimaría como tonterías Lucio, puedo decirte con solo verlo que el capataz
es un hijo de puta, y los indios son reservados en cuestiones de brujería. Si
el apache vino advertirnos, es porque algo hay.
–Pues
no me convences Joaquín… Pero suponiendo, solo suponiendo ¿Cómo cazamos un
brujo?
–El
brujo debe de estar consciente que su cabeza ya tiene precio, mientras estemos
aquí será paciente y se esconderá, asechándonos en cada momento. Tenemos que
darle lo que quiere, solo si ve una oportunidad clara se atreverá a atacar.
Las
palabras de Joaquín me confundieron, eran inverosímiles, pero conocía al duro
vaquero desde que ambos éramos unos chavales, peleando hombro con hombro en el
ejército del emperador Maximiliano contra el invasor yankee, y había aprendido
a confiar en él. Desperté a la gamba,
los tres nos ataviamos para la cacería y salimos de los barracones, ahí fuimos
recibidos por dos jóvenes criadas que nos ofrecieron un ligero desayuno de
gorditas de harina y café negro.
Estábamos
ensillando los caballos, cuando Joaquín se aproximó a nosotros, había ido a
hablar con el capataz de la hacienda y venía listo para partir. Sin embargo, se
detuvo frente a Eldwin y le dijo:
–¡Gamba!
Necesito que tomes tu rifle y te quedes en el campanario de la iglesia.
–¿Qué?
–le reprochó Eldwin molesto– ¡Yo voy a ir a cazar con ustedes! No acepté venir
para que me relegues de guardia.
–¡No
seas idiota Gamba! Tú trépate al campanario y dispárale a lo que veas
sospechoso. –Eldwin tomó su carabina
Mannlicher de mala manera y se dirigió
al campanario refunfuñando.
Nosotros
partimos unos minutos después, cabalgamos rápido por la verde hacienda y tan
pronto la abandonamos, nos adentramos en las escarpadas montañas de la sierra. Pasamos
horas explorando entre montañas, buscando algún rastro del oso o del brujo,
pero lo único que encontrábamos eran liebres que saltaban ante nuestro trote, y
un intenso malestar provocado por el ardiente sol.
Hastiados
por la fútil cacería decidimos regresar a la hacienda, pues el sol comenzaba a
descender y era peligroso andar por aquellas laderas y cañadas en la noche. Nos acercábamos a la hacienda, con el rojo
atardecer a nuestras espaldas, cuando escuchamos un fuerte tronido. Reconocimos
el poderoso y seco rugido del Mannlicher de Eldwin, y sin perder el tiempo aceleramos
el trote lo más que permitió el duro terreno.
Al
llegar a la hacienda vimos como las criadas, el capataz, Joselito, Eldwin y un
par de trabajadores se encontraban en círculo, apenas iluminados por la luz de
una fogata. Al acercarnos fuimos recibidos
por la Gamba, que nos dijo emocionado:
–¡Lo
mate! ¡Mate al desgraciado! –Al escuchar esas palabras aceleré el paso y al
entrar al círculo vi un enorme oso
negro, su tamaño me hizo creer que pesaba alrededor de unos trescientos kilos.
–¡El
güero tiene buena puntería! –nos dijo el capataz muy contento, con el rostro
iluminado, como si un gran peso le hubiera sido removido de encima–. Hicieron
un excelente trabajo, aquí tienen el contrato sellado.
Joaquín
cogió el arrugado trozo de papel, en el que venía el sello de la familia Pérez de Ribera, dueños de aquella hacienda,
y que en aquellos dias se encontraban en chihuahua, ansiosos de recibir al
emperador. Tan pronto nos entregó el
papel, el tumulto se dispersó, dejándonos solos con el capataz y Joselito el
apache, que miraba a su compañero de una manera muy extraña, como si saboreara
el momento.
–Pueden
quedarse…. –exclamó Francisco, que no terminó su frase pues el apache
desenfundó su revólver y le pego un tiro en la cabeza. El cuerpo del capataz se
desplomó en un instante y bañó el oscuro suelo con su sangre, que brillaba
fieramente ante la luz de la fogata. Joselito miró con gusto el cuerpo de aquel
hombre y habló con odio:
–¡Eso
es por mi hermana! –El apache escupió sobre el cuerpo de Francisco, monto en su
caballo y se perdió en las sombras de la noche, antes de que yo y Joaquín
pudiéramos reaccionar. Eldwin alcanzó a realizar un disparo, y exclamó tras
jalar el gatillo:
–¡Le
di! –Tratamos de seguirle el rastro a aquel indio, pero la oscuridad impidió
que nos adentráramos en la montaña. Peinamos las inmediaciones de la hacienda y
no encontramos ningún cadáver, tan solo un rastro de sangre que se perdió en la
noche.
Al día
siguiente emprendimos una búsqueda de los alrededores con ayuda del comisario
del Sauz, que había acudido a la hacienda tan pronto se había enterado de la
noticia. No obstante la búsqueda fue
infructuosa, el rastro había desaparecido y no había ningún cuerpo a varios
kilómetros a la redonda de la escena del crimen. Cansados por la búsqueda
emprendimos el camino de vuelta a Chihuahua
Pasaron
varias horas, el sol se estaba poniendo en el horizonte y nosotros seguíamos
avanzando por las amplitudes del camino real, cuando de pronto escuchamos un
ruido entre los mezquites. Volteamos inmediatamente y nos topamos con un
curioso coyote, que nos veía indiscretamente de entre los matorrales, su pelaje
era inusualmente blanco y sus ojos eran de diferentes colores, uno rojo y el
otro marrón.
Eldwin
trato de desenfundar su rifle pero antes de que lo hiciera, aquel extraño
coyote nos sonrió, aulló burlonamente
riéndose de nosotros y con esa picardía se desvaneció entre el mezquital
tan pronto como apareció.
Recuerdo
que varios días después nos reunimos con Benito Pérez de Rivera, el dueño de la
hacienda. Aquel adinerado hombre nos dijo que su capataz Francisco y varios
trabajadores de su hacienda habían sido cazadores de apaches años atrás,
renombrados por su crueldad y por el rastro de cadáveres que habían dejado a su
paso. De Joselito no nos dijo mucho, solo que había llegado a la hacienda a
pedir trabajo un par de semanas antes de que comenzaran los ataques del oso.
Aquella
información me había confundido aún más
«¿Acaso Joselito era un chamán? O ¿Solo un indio con sed de venganza?» «¿Nos
había manipulado? ¿Acechado? O ¿Solo había aprovechado su momento?» Hoy se la
respuesta, pero en esos días me lo pregunté hasta el cansancio. Con gusto les contaría más de Joselito, o de
otras aventuras que tuve con Joaquín y la Gamba, pero el día avanza y los
enfermos del hospital general de Atocha no se atienden solos, así que será en
otra ocasión.